jueves, 6 de mayo de 2010

Falta de juicio

Tempranamente llegaste.
Venías a llevarme.
Quise entonces decirte tantas cosas,
tantas preguntas tuve para hacerte.
¿Qué debo hacer yo allí?
¿Cómo es que sabes que hoy no es pronto?
¿Dónde quedarán los sueños?
¿Cuándo supiste que sería el próximo?
¿Por qué no puedes darme un minuto más?
Pero antes de que pudiera decir algo,
antes de que mi voz pudiera
quebrar una lágrima en el aire,
tu mano de huesos se posó en mi hombro
de forma sencilla,
la tibieza de un gesto fraterno.
"Es tiempo", rezó un áspero susurro
y aquella verdad limpió el hielo.

Tú también sentías miedo.
Me contaste los bagajes del oficio
y su soledad penosa,
los romances con la luna,
de tus viajes por el mundo,
por qué brillan las estrellas...
hasta que lentamente me fui quedando dormido.
A la mañana siguiente desperté.
Tenía el alma seca y una sonrisa.
Quién sabe por qué,
presiento que aún no te habías ido de mi lado.
Cuando vuelvas de visita
he de regresarte la sonrisa que olvidaste
(que hermanamente compartiste por no poder llevarla)
y tú me dirás, como antes y entre copas,
por qué no supiste hacerlo,
pues no es común hallarse donde no se busca...

3 comentarios:

  1. Siempre tan lindo escritor, me gusto muchisimo.Un abrazo enorme.

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  2. Hasta el título es simplemente excelente!
    Mil besos hermanito =)

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  3. Has conseguido humanizar a la muerte, ¡gran trabajo!

    Un abrazo :)

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